En África, donde todo comenzó, mucho antes incluso de que los hombres pintaran leones y osos en las paredes de las cavernas, la gente ya contaba historias de monos y de leones y de búfalos: grandes historias soñadas. Siempre tuvieron esa inclinación. Era su manera de darle un sentido al mundo en el que vivían. Todo aquello que corría, volaba, reptaba, nadaba o se transformaba, desfilaba por aquellas historias, y las diversas tribus humanas veneraban a diferentes criaturas.
El mito maya de la creación asegura que a Tepeu y Gucumatz les bastó con decir «tierra» para que ésta surgiera de las aguas. De la misma forma crearon el día y la noche, las montañas, los ríos, todas las plantas y animales. Al darse cuenta de que con graznidos y ladridos no eran alabados de manera adecuada, decidieron crear al hombre, que sí podía hablar.
En el Génesis Dios hizo algo similar: «Dijo Dios: Que exista la la luz. Y la luz existió (…) Llamó Dios a la luz día y a la tiniebla noche» (1:3, 5).
Las palabras. Siempre, desde el principio, las palabras. Y es que todos somos narradores. No podemos evitarlo. Construimos la realidad contando y contándonos, mediante palabras, imágenes y gestos, quiénes somos, por qué hacemos las cosas, qué creemos que nos va a pasar, cómo interpretamos los actos de los demás. ¿No lo crees? Párate a escuchar tu diálogo interior permanente…
Tampoco los recuerdos son reales u objetivos: recordamos el último recuerdo que tuvimos de una escena, porque las imágenes del pasado son sólo re-presentaciones. La memoria se actualiza desde el presente. Y el futuro es pura imaginación. Así que, en cierto sentido, todo es ficción porque no puede ser otra cosa.
Es maravilloso que tengamos el poder de crear y modificar nuestras propias realidades. Si no pudiésemos hacerlo, ¿para qué plantear el establecimiento de relaciones de ayuda?
