Cara o cruz

Once de julio, diez de la mañana. En un lado del Paseo Anelier (Pamplona), tiendas de campaña, sacos de dormir y mantas para los que venden en las calles durante las fiestas de San Fermín. En el otro, a menos de cincuenta metros, las terrazas de los bares llenas de gente almorzando. Bajo un soportal, quienes deben usar la fuente pública para asearse. En el otro, aquellos que pueden permitirse pedir lo que quieran. Silencio frente a ruido; la pesadez del cansancio y la alegría satisfecha de la celebración. No se miran. O quizá unos lo hacen de reojo y con algo de comprensible rencor, mientras los otros los han hecho invisibles a fuerza de no querer verlos.

Pensé que esa imagen representa perfectamente las desigualdades mundiales en el acceso a recursos, los diferentes papeles asignados a unos territorios y otros durante la historia del sistema capitalista y la ceguera selectiva de los países enriquecidos frente al resto. Para entender que no se trata de una cuestión de mérito o esfuerzo, sino de cara o cruz al nacer, resulta revelador el episodio La soga de la deuda externa del pódcast Punto de Fuga y el ensayo La sociedad de la externalización, de Stephan Lessenich.


En la segunda escena de Civil War (Alex Garland, 2024), un grupo de angustiados neoyorquinos intentan acceder a un camión de agua para rellenar sus garrafas. Los policías que lo custodian comienzan a golpear a hombres y mujeres para impedir que se acerquen demasiado e imponer, sobre la desesperación, un orden imposible.

Ver esta película mientras Israel aprovecha el reparto de alimentos controlado por Estados Unidos para asesinar a cientos de palestinos despierta aún mayor incomodidad. La ficción está protagonizada por personas a las que consideramos más similares a nosotros (occidentales en una ciudad sitiada durante la etapa final de una guerra civil contemporánea), mientras que hemos aprendido a dar menos importancia al sufrimiento real de «los otros». Pero, de nuevo, se trata de una simple cuestión de suerte: de que la moneda haya caído cara o cruz.


La primera parte de Daredevil: Born Again (2025) apenas tiene puntos en común con el original escrito por Frank Miller. Entre otros cambios, sustituye la crítica al imperialismo norteamericano de los años 80 por un retrato actualizado de los males del sistema.

Kingpin, el principal villano de la serie, es aquí un inquietante reflejo de Donald Trump y del resto de políticos que, en cada vez más países, intentan generar caos e identificar a un colectivo (otra vez «los otros») como única amenaza y fuente de inseguridad, mientras nos tientan con explicaciones que eluden la complejidad de la mirada que necesita cualquier realidad social. Conecta directamente con Naomi Klein y su doctrina del shock, que defiende cómo se ha impuesto el libre mercado generando confusión ciudadana, aprovechando desastres naturales y usando la violencia o la tortura.


Machine (T. Bidegain y F. Grivois, 2024) es una disfrutable fábula en seis capítulos que mezcla los tópicos de las películas de artes marciales, los relatos sobre la lucha obrera y la crítica social. Pese a no profundizar demasiado en el análisis, resulta interesante su visión de los representantes sindicales como colaboradores (voluntarios e involuntarios) del sistema capitalista. Al contemplar la huelga como única medida activa para enfrentarse a la deslocalización y limitar sus reivindicaciones a una mayor indemnización por despido, asumen el marco productivo que se les impone, sin ser capaces de imaginar alternativas.

Aunque los guionistas eluden el conflicto entre autogestión – control obrero y marxismo, la presentación de ambas opciones abre la mirada de los protagonistas y les descubre otra forma de situarse en la sociedad. Dejan de ser herramientas de otros (trabajadores que producen, soldados que pelean) y se convierten en agentes autónomos luchando por tomar las riendas de sus vidas.

El último artefacto socialista (Dalibor Matanic, 2021) -y seguramente la novela de Robert Perišić en que se basa- contiene un acercamiento mucho más detallado a las dinámicas del modelo económico contemporáneo, retrata con lucidez sus contradicciones y reivindica la dignidad de los trabajadores. Conscientes de sus límites y vulnerabilidad, los protagonistas de esta historia coral no se dan por vencidos y reafirman su identidad, su propia existencia, creando.